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Sobre carros y caballos: el orden de los factores

Lic. Guillermo Moreno Dr. Claudio Comari Lic. Sergio Carbonetto*

No hay duda de que prácticamente no existe ámbito de la vida social del que una adecuada gestión gubernamental quede exenta.

La multiplicidad de responsabilidades de un Estado se expresa en la compleja estructura que sus tres poderes asumen para dar respuesta a los requerimientos de la sociedad y de sus miembros, al tiempo que la orientación que se imprima desde cada una de sus áreas determinará la direccionalidad general que curse.

Ésta es la característica distintiva que determina «el soberano» con su voto, especialmente cuando escoge entre diferentes fórmulas de candidatos para el ejercicio del Poder Ejecutivo.

Claro que la mentada «direccionalidad» no puede ser más que una fórmula de compromiso entre las voluntades, las destrezas técnicas y las condiciones generales impuestas por el entorno.

Por esto mismo, resulta fundamental establecer apropiadamente tanto las correctas secuencias de causalidades como el orden de prelación de las distintas áreas de gobierno.

En estos momentos de definición de los trazos generales que asumirá el nuevo gobierno vale resaltar que ningún plan, programa o proyecto podrá ser exitoso sino se corresponde con el desempeño que alcance la economía. Y que esta, depende en gran medida de la pertinencia con la que se empalme con las condiciones emanadas del contexto internacional.

Por lo tanto, no exageramos si decimos que la suerte del Gobierno, se juega en la actuación de la Cancillería y del Ministerio de Economía.

Entender el mundo de hoy

Hace tiempo venimos insistiendo en poner en evidencia la profunda transformación que se opera en las relaciones internacionales.

El mundo bipolar de la posguerra y la «Guerra Fría, fue sucedido (inesperadamente o no) por la globalización que se impuso como orden hegemónico y excluyente durante las décadas finales del siglo XX y el inicio del actual. La adaptación de uno a otro por parte de los actores políticos, económicos y sociales no fue en ese entonces inmediato, fuera ya porque no les resultara evidente, por interpretar los sucesos como anomalías transitorias o por ser perjudicados por el nuevo ordenamiento1.

Sin embargo, y de igual manera que en aquella transición ut supra mencionada, el reinado irrestricto del libre mercado ha dado paso, luego de sus mieles y naufragios, a un Nuevo Orden Internacional (NOI), en el que el avance o retroceso de las naciones queda determinado por su capacidad de poner en valor sus propios vectores de desarrollo.

Y, así como sucedió antaño, la mutación estructural en curso no pareciera ser fácilmente comprensible.

El gobierno de la alianza Cambiemos no tuvo ninguna probabilidad de éxito desde el exacto momento en el que se ciñó a una caracterización equivocada del mundo, abrazando el credo globalista, que simultáneamente ingresaba en la obsolescencia.

Este desencuentro con la etapa histórica se manifestó en el persistente impulso a las políticas enraizadas en la supuesta preeminencia de las instituciones supranacionales como garantes de la vigencia de los postulados del Consenso de Washington y en los tratados de libre comercio entre los países de un área y de éstas entre sí.

Por eso fue que, en un tiempo en el que las medidas de Administración de Comercio Exterior (ACE) pasaron de ser la excepción prohibida a erigirse en la nueva regla (particularmente desde la asunción de Donald Trump como presidente de los EE. UU.), en la Argentina se puso en marcha la apertura irrestricta al comercio internacional. Y que, cuando se revisaban (caso NAFTA) o empezaban a desintegrarse los acuerdos de libre comercio (Brexit en la Unión Europea o retiro de EE. UU. del Tratado Transpacífico), aquí se forzaba el paso hacia el convenio UE-Mercosur.

El NOI ha llegado para quedarse, por lo que cualquier diseño que no se adapte a esta redefinición del sistema internacional de relaciones, y que ignore, a la hora de la determinación de prioridades, cuáles países serán los beneficiarios y cuáles los perjudicados, importará el riesgo (o la casi absoluta certeza) de una inserción perjudicial para las empresas argentinas.

El orden de los factores

Si bien el peso del problema de la renegociación de la deuda soberana es suficientemente importante como para ocupar un espacio relevante entre las urgencias gubernamentales, es fundamental considerar que ningún esquema de repago es viable, si no se basa en un Modelo de Desarrollo Económico Permanente y Sustentable orientado a la producción.

Decíamos la semana pasada, sobre la problemática de la deuda: «si la Pampa Húmeda aportara la redundancia de su renta (alrededor del 50% del margen bruto) por un período de tiempo, más la contribución de otros sectores que con suficiencia pueden hacerlo (como ganadería, minería, pesca y otras exportaciones agroindustriales, por ej.), resultaría posible resolver la problemática del endeudamiento sin afectar al conjunto del entramado productivo.

Luego, el crecimiento de la economía y el desarrollo de la competitividad de otros complejos económicos, disminuirán el peso relativo de los compromisos, facilitando, a su vez, la distribución de la carga de la deuda.

Cualquier otro esquema de pago, no hará más que profundizar la asfixia que hoy sufren las empresas y las penurias que soporta una inmensa mayoría de la población.»

El aspecto clave a resolver, sigue siendo el del desarrollo de los propios vectores de competitividad de la economía nacional, que permita a las empresas argentinas incrementar la rentabilidad por unidad vendida, garantizando su hegemonía en el mercado doméstico y facilitando su adecuada inserción en los flujos internacionales de comercio.

Sin desconocer la importancia de los diseños financieros y las eventuales moras o quitas a conquistar, ellos no pueden ser el marco del programa de desarrollo económico, sino que, por el contrario, deben adaptarse a este.

La economía se ocupa fundamentalmente de generar la adecuada demanda para la elaboración y comercialización de los bienes y servicios. Entenderlo de otro modo, sólo llevará a una inútil pérdida de tiempo que empeorará el calamitoso estado de la mayoría de las compañías, fruto de los desequilibrios macroeconómicos exponencialmente agravados por el gobierno de Cambiemos, que aún persisten.

Sin desatar estos dos nudos, no se puede ni crecer ni pagar. Este es un caso en el que el orden de los factores sí altera el producto.

Las partes y el todo

Hace tiempo hemos caracterizado como Supercrisis a la coyuntura, ya que M. Macri consiguió generar, a un mismo tiempo, los desequilibrios fiscal y externo que provocaron el colapso de los gobiernos de R. Alfonsín y F. De la Rúa, respectivamente.

Su resolución, indispensable para la normalización del funcionamiento económico implica la disolución del déficit cuasifiscal (que origina el BCRA con las altísimas tasas de interés por sus pasivos remunerados) y financiero, mediante la compatibilización de estos gastos con la propuesta de pago antes citada.

Luego, la propia dinámica adquirida por la economía real, vía mejora de la recaudación, cerrará la brecha entre gastos e ingresos primarios del sector público, admitiendo incluso ciertos niveles (bajos y transitorios) de déficit que pueden ser financiados por el mercado de capitales.

Simultáneamente, debe equilibrarse el sector externo, con un superávit comercial de cuantía suficiente, que se base en el incremento de las exportaciones y no, como sucede actualmente, en la baja de las importaciones derivada de la contracción del consumo y de la actividad productiva.

Tipo de cambio competitivo y adecuada ACE son los complementos naturales para viabilizar este esquema orientado a la producción y que, a partir de los vectores de competitividad general de la economía argentina (energía y algunos alimentos) favorezcan el desarrollo de la multiplicidad de complejos productivos de bienes y servicios potencialmente capaces de prevalecer en la satisfacción de la demanda de un mercado interno vigoroso y de profundizar su penetración en los externos.

Claro que, con poner en orden caballos y carretas no alcanza; también hace falta que sea correcta la dirección trazada y la pericia en el manejo.

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